Ceremonias para detener el tiempo

Esperaba la tormenta con calma, cebándose mates de medianoche. La habían anunciado por televisión, pronosticado en el diario, analizado en internet. La habían bautizado, pero a la fuerza, como se bautiza a un adulto, porque no era una tormenta como las del norte, de frontera, de esas a las que tienen que ponerle un nombre que ande bien en los dos idiomas; era una tormenta austral, anónima. Se venía una tormenta guapa, en el sentido más rioplatense del término, pero una tormenta bastarda. Venía a pegar desde arriba con la actitud de los de abajo. Era una tormenta justa, mierda que sí, pero el tipo la esperaba tranquilo. Y se cebaba mates.

Para cebar un mate a medianoche lo primero que hay que hacer es estar solo. Cualquier tipo de compañía tiende a anularlo. Se sugieren bebidas más fuertes, se termina el fondo espeso de una gaseosa o se pide un vaso de agua, un café, un vaso de leche con chocolate. El tipo estaba solo. Y miraba para afuera esperando la tormenta.

La ventana de la cocina daba a la calle desde un tercer piso. Pocos metros más allá pasaba la avenida a la que solo llegaba a ver de costado, un poco apenas porque la tapaba el árbol del edificio vecino, pero lo suficiente para notar que pasaban pocos autos. La gente ya está refugiada, pensaba. En el edificio de enfrente pocas ventanas iluminadas. Duermen, pensaba después, y calentaba el agua.

Para cebar un buen mate,  sea a la hora que sea, es importante que el agua esté a una temperatura adecuada. En otro momento el tipo se hubiera quedado montando guardia junto a la hornalla para prevenir el hervor, pero con la pava eléctrica la situación se resolvía de forma mucho más sencilla. Bastaba colocar la perilla en la temperatura deseada, luego apretar una tecla y dejar que la cosa haga su trabajo sin temor a que siga calentando de más. El tipo montaba guardia lo mismo, pero lo que aguardaba era la tormenta.

Todo el sentido de establecer días hábiles es poder saber si hay que ir a trabajar o no. Es y fue siempre una cuestión organizativa. Se trataba de organizar a la gente porque si cada uno hacía lo que se le antojaba terminaba resultando en que nadie hacía nada y entonces todos se tenían que poner a hacer todo para que el mundo gire, o para que pareciera que giraba por algo. En cambio, si se le decía a la gente que tenía que trabajar de tal día a tal día, de tal hora a tal hora, no había necesidad de seguir malgastando el galpón del fondo con cuchetas ni de andar contratando pibitos con tan poca resistencia, con tal caras de tristes que al final terminaban generando una culpa grande a todos los señores y después, cuando se encontraban en los clubes, no se podían mirar entre sí sin cierto reproche. Todo esto pensaba el tipo. Miraba por la ventana de la cocina y sacudía el mate.

Porque si uno quiere hacerse un mate a la tarde o a la mañana puede permitirse ciertas licencias. Pero el mate a medianoche tiene que estar bien libre de polvo a fin de evitar la consecuente acidez y perturbar el sueño que tarde o temprano hay que salir a recibir. Entonces, para eso, al mate se lo carga hasta tres cuartas partes de su capacidad y se lo sacude boca abajo, tapándolo con la palma de la mano, y luego uno se sopla la palma llena de polvo de yerba (que antes no era tanto pero desde que las yerbateras se avivaron todo el asunto se desvirtuó un poco). Y como el tipo sabía que tenía que dormir bien, sacudió el mate con fuerza y se limpió la palma y repitió la operación hasta que vio que no salía más polvo. Luego, como para tomarle el pulso a la tormenta, abrió una rendija en la ventana de la cocina y dejó que entrara el viento fresco.

No quiero ir a trabajar, pensó. Como era medianoche y estaba solo, razonaba con calma suficiente. No tanta como para darse cuenta de que su pensamiento se inscribía en una lógica muy antigua, pero lo suficiente para intuirlo. Un día los hombres se habían dado cuenta de que no estaba bien tener cadenas en los pies. Mucho tiempo después se dieron cuenta de que no estaba bien vivir en los fondos de la casa del patrón y comprarle la comida a él. Bastante después llegaron a la conclusión de que era absurdo desperdiciar dieciséis horas diarias en un taller. Esa noche el tipo intuía que era un atentado contra toda esencia humana levantarse temprano, antes del amanecer, para ir a meterse a una oficina hasta bien entrada la tarde. En las ventanas de enfrente la gente dormía, protegidos por la oscuridad de semejante insensatez.  Y la tormenta venía y el agua ya estaba lista.

Cuando el agua está lista llega el momento más crítico de la preparación. Suponiendo que para ese entonces el mate ya está lleno de yerba hasta tres cuartas partes de su capacidad y que se le ha sacado todo el polvo posible, hay que voltearlo una vez más y enderezarlo a medias para que la yerba quede recostada contra un lado, si es que un mate redondo tiene tal cosa como un lado. Entonces, en el hueco que queda, se va vertiendo el agua de a poco, siempre en el mismo lugar, enderezando el mate progresivamente, hasta que por milagro de la física el mate queda derecho y la mitad está llena de yerba mojada y la otra de yerba seca. Esto es una clara ilusión, ya que en el fondo la yerba está toda mojada, pero a los fines prácticos eso no importa ahora. Lo que importa es esperar. El error más habitual es apresurarse a hundir la bombilla, sin darle tiempo a la yerba a que se hinche, a que absorba esa primera cebada, con resultados catastróficos que se presentan de inmediato cuando se siente la bombilla bailar como si se la hubiese hundido en un vaso de agua. Es importante esperar. El tipo lo sabía. Incluso cuando la paciencia parece que se va a acabar, porque el servicio meteorológico fue muy preciso y dijo que la tormenta se desplomaba a las doce en punto pero ya son pasadas las doce y no hay más que ese viento frío.

Una de las cosas más interesantes de esperar es saber que la percepción del tiempo se ve muy afectada. Claro que, como la percepción es algo que uno en sí no percibe, lo que parece que se ve afectado es el mismísimo tiempo, que de golpe no pasa. El tipo también se daba cuenta de esto, porque de esto la verdad es que se da cuenta todo el mundo, pero afortunadamente no lograba conectarlo con lo anterior, es decir, con la certeza absoluta de que levantarse mañana era un despropósito, conexión que le hubiese caído verdaderamente mal. Porque cuando uno espera, lo que tiene que llegar no llega y lo que no tiene que llegar tampoco llega, por definición, porque si llegase se acabaría la espera. Esto convierte a la espera en un remedio maravilloso contra las obligaciones del día siguiente, pero el susto que se hubiese llevado si su mente le venía de sopetón con la noticia de que lo que él estaba esperando no era a la tormenta ni a la yerba, sino que se esperaba a sí mismo, astuta forma de no llegar.

A pesar de estos esfuerzos, la yerba estaba lista. El tipo clavó la bombilla en el lugar húmedo, pero apuntando hacia la zona debajo de la yerba seca. Encontró cierta resistencia pantanosa, señal de que el proceso marchaba bien. Apenas la bombilla tocó fondo, le imprimió un ligero movimiento de palanca, generando con la misma bombilla una especie de cámara subterránea porque la yerba mojada, una vez empujada hacia arriba, no volvía a descender y soportaba sin problemas el techo de yerba seca que le quedaba encima. Aprovechando el pozo por el que se proyectaba hacia abajo la bombilla se cebó el primer mate. Le dio un sorbo como quien da una seca, corto, testeando. Estaba amargo pero suave, porque el objeto de semejante ceremonia al fin y al cabo era ese. Quien ceba el mate desordenadamente provoca una infusión fuerte, lava la yerba de golpe, se lleva todo lo que tiene y en dos tragos deja el mate muerto, agotado, con palitos flotando como basura de playa. En cambio, el que sabe esperar consigue un mate mucho más elegante y duradero. Y con un poco de suerte no llega nunca a ver la tormenta.

Un auto pasó por la avenida a mucha velocidad. El tipo se cebó otro mate. Por la rendija de la ventana entró un olor a lluvia inconfundible. Iban a caer gotas como martillos y por la mañana el portero iba a tener que salir igual, montar guardia él también para que las señoras lo vean aunque no se pudiera baldear nada porque la tormenta prometía durar bastante. Ya se imaginaba los titulares al día siguiente, contando los muertos, comparando con tormentas anteriores, actualizando las páginas de internet de los diarios con cada cuerpo nuevo, cada auto que quedase en un bajo nivel, cada rama que se viniera al suelo.

Un rayo cruzó el cielo en algún lugar y por un instante el tipo vio las paredes del edificio de enfrente iluminarse con un resplandor violáceo. Era la tormenta, que había llegado.

Se cebó un mate más y después de tomarlo lo dejó sobre la mesada. Ya era mejor acostarse. En pocas horas tendría que ir a trabajar, pensó, y descubrió que la ansiedad había disminuido. Seguiría lloviendo, pero tenía la campera impermeable y no eran tantas cuadras hasta el subte. La oficina estaría húmeda, pero caliente. Dejaría el impermeable en el perchero y se prepararía unos mates. Leería en internet que ya son dos los muertos por el temporal y encontraría algo de reconfortante en esa alfombra azul, algo de piadoso en las medialunas. Mientras tanto, afuera, a alguien lo estaría sorprendiendo un tren al cruzar la vía, los ojos tapados para protegerse de la lluvia.

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