No man left behind

Con mi novia decidimos que no vamos a tener hijos. Esto provocó una serie de reacciones en cadena tan grande que uno primero pensaría que decidimos hacer algo, cambiar algo en algún lugar como para despertar el horror de la gente que por regla general prefiere quedarse quieta. Pero la decisión de no hacer nada, de seguir así, como venimos, fue peor.

La primera en poner el grito en el cielo fue mi madre. A su edad ella ya espera pocas cosas de la vida, pero bien elegidas. Un nieto clasifica alto en esa breve lista, justo antes de viajar a España y a continuación de un juego de ollas teflonadas que vio el otro día. En ese sentido, mi madre tiene preferencia por los objetivos inmediatos. Por eso, cuando dijimos que no íbamos a andar reproduciéndonos, respondió que ella quería-un-nieto-como-sea-a-cualquier-costo-incluso-aunque-no-fuera-con-mi-novia, que es el modo sutil que tiene mi madre de decir que ella quiere un nieto, como sea, incluso aunque no fuera con mi novia.

Nosotros, con paciencia, expusimos nuestros argumentos a favor de la natalidad controlada. Éstos iban de lo particular a lo general, abarcaban desde el deseo personal y el derecho a decidir sobre el propio cuerpo hasta los beneficios que este tipo de decisiones suponen para la humanidad toda entera y las futuras generaciones.

A ella le dijimos que queríamos viajar. Que viajar con un chico era una cosa de locos, que el pibe nunca disfruta nada y si disfruta después va y no se acuerda, por mucho que haya gastado uno para que él también pueda sentarse en la Trochita y disfrutar el trayecto de Ingeniero Jacobacci a Esquel. Pero no pudimos terminar el argumento porque mi madre empezó a hacer un recuento de todos los lugares a los que me había llevado cuando era chico y yo no quise decirle que no me acordaba de ninguno para no sonar desagradecido.

A mi viejo, que es un tipo más pragmático, le explicamos que un hijo es un gasto que no podemos afrontar. Si se quiere se puede, nos respondió, amasando barro y pasto para hacer un horno en el quincho. Yo, indignado, me lancé a una argumentación financiera que parecía sacada de los sueños más delirantes de John Nash, pero mi viejo nos ignoró como se ignora a un amigo imaginario.

Para las discutir con las parejas jóvenes que acaban de tener un hijo nos reservamos el argumento más sensato: hay suficiente gente en el mundo. Es más, hay gente de sobra. Sobra tanta gente que algunos optimistas miran las guerras y los desastres naturales con buenos ojos. Nosotros no nos damos cuenta porque vivimos al borde de la pampa. Nos apiñamos porque nos gusta, pero sabemos que si la cosa se pone peluda siempre podemos caernos sobre un terrenito de pasto ahí al lado, la patria es grande y generosa. Pero andá a decirle eso a los millones de chinos que no encuentran lugar entre las montañas. ¡Andá a decirle eso al chino del super de la esquina, les gritamos desaforados a esas parejas mientras las vemos retroceder con instinto protector hacia su niño -que a esta altura berrea como si lo estuvieran matando-, andá a decirle eso y vas a ver que te saca cagando! Nos caen muy mal esas parejas.

A los que más cuesta convencer es a los amigos filósofos no matriculados. No es que ellos apoyen los valores burgueses de la familia o supongan que la salvación del mundo está en la risa de los niños (me molestaría mucho imaginar la salvación del mundo aturdida en esas boquitas gritonas, llenas de mocos masticados y pedacitos de alfajor), pero les ocurre que cuando uno toma posición en algo enseguida ellos tratan de ponerte a prueba, nomás para ver si sos consecuente y juzgarte más tarde a partir de eso.

A dichos amigos, la respuesta que se les da es simple, pero disfrazada de compleja: tener un hijo es la forma más fácil y aburrida de trascender. Ante el vacío helado de la muerte, el hombre (y la mujer) se aferran a la posibilidad de seguir viviendo en otra persona, proyectar hacia el infinito sus códigos genéticos, su nombre en el mejor de los casos. ¿Por qué escribir un libro si puedo tener, mucho después de que me haya ido, un nieto con mis mismos ojos al que sus tías le recuerden todo el tiempo que esos ojos no son suyos, sino míos y que a mí me los debe, por muy marrones y caídos que sean? ¿Por qué sacar una fotografía que busque de un solo golpe de imagen cambiarle la vida a diez desconocidos, pudiendo en su lugar garantizarme un único pupilo pero bien disciplinado, ansioso de aprender, al que puedo enseñarle todo lo que sé sobre la vida?

Esto nos lleva de inmediato al otro argumento, que debemos apresurarnos a dar antes de que nuestro amigo filósofo no matriculado se recupere del primero y pueda contraatacar: ¿Y yo qué mierda sé sobre la vida? Incluso aceptando que algo sé porque no se puede vivir sin aprender nada, ¿de dónde saqué los huevos para dar por sentado que ya es suficiente? Me imagino asistiendo con terror a la primer palabra de mi primogénito, sabiendo que a partir de ese momento ya será tarde y que un día me va a preguntar algo que no sabré responder, probablemente algo sobre las mujeres; o cuándo se usa el punto y coma.

Ante esto nuestro amigo, rápido de reflejos, nos contestará que con el mismo criterio no debería escribir libros ni sacar fotografías. Ah, pero los libros y las fotografías son para gente adulta, respondemos. No tienen por objetivo andar engatusando a una pobre criatura que con excesiva confianza escuche lo que tenemos para decir. El fraude generacional es la peor estafa de todas.

Habiendo llegado a esta altura y bastante desconcertados por la hostilidad con la cual se recibió nuestra declaración, decidimos cambiar de tema. A mi madre le preguntamos por la receta del gulash de pollo, a mi padre por la convección del calor en el horno de barro y a nuestro amigo filósofo le preguntamos si sabía dónde paraba el 132 para volver a casa. Todos se mostraron muy entusiasmados con el nuevo tópico y así fue que nos enteramos que el gulash lleva morrón, que el aire caliente en contacto con una superficie sólida causa una circulación debido a la diferencia de densidades y que el 132 es un colectivo bastante hijo de puta, que a la tarde pasa cuando quiere y que está lleno de niños, de embarazadas y de parejitas, ansiosos todos por demostrar que la humanidad es una rueda que gira y gira, y que no está bien visto bajarse.

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