Una historia real

Una vez se me perdió un poema. Un poema ajeno. Se me perdió él y su dueño, o bueno, el nombre del dueño. Porque el poema, para empezar a hablar, lo encontré en un lugar con mucho viento. Era un refugio rojo en la cima de una montaña alta, pelada a excepción de algunos arbustos, roca dura donde se complicaba clavar la carpa. Era una casucha de madera por fuera pero vos entrabas y de golpe se transformaba en una taberna llena de vikingos, cálida a fuerza de fuego y brasas, cerveza y pan. Ahí arriba pernoctaba un puñado de personajes salidos de la montaña que parecían haberse citado en el medio de la nada. Recuerdo una chica alemana y su novio de Buenos Aires, una pareja de yanquis a favor de la guerra de Irak, dos holandeses que desaparecían y volvían a aparecer con los ojos inyectados en sangre y una risita constante tropezándose en los dientes, el dueño del refugio, mi amigo y yo.

Nosotros llevábamos varios días de viaje. Cumplíamos o habíamos cumplido dieciocho años y ésa era nuestra primera salida lejos de la familia. Teníamos la carpa y las ganas, la voluntad infinita que asiste al viajero que hace trekking, que lo sostiene para que no renuncie a las cinco horas de subida escarpada por ocho de acostarse junto al lago y tomar cerveza.

Yo por ese entonces empezaba a inquietarme ante las palabras. Había escrito dos o tres cuentos y leía cualquier cosa que llegara a mis manos. No sé cómo fue que ese dato se hizo público, pero recuerdo al hombre del refugio (que era un hombre, pero hoy, a la distancia, me doy cuenta de que no era más que un pibe curtido por la piedra, alto, con el pelo largo lleno de rulos y tierra), lo recuerdo dándonos unos libros pequeños y flacos, a colores. El refugiero–como le decía mi amigo– tenía un hijo y se ve que eso lo había llevado a escribir poemas infantiles. Pero también tenía amigos y entre sus amigos había quienes pasaron por la facultad de Filosofía y Letras, quienes escribieron sus propios poemas y los editaron en libros pequeños y flacos y a colores, libros que ahora se almacenaban en un estante de madera, a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar, al filo de la precordillera argentina, sobre infinitas toneladas de roca, casi aplastados contra el cielo ahí a mano.

La verdad, la parte de la verdad que sí recuerdo, es que esa noche el tipo nos alcanzó los libritos y entre ellos encontré un poema. Uno corto, más que breve, que se me metió por los ojos y se me tatuó en la nuca, en la parte de adentro de la nuca. Era un poema de Fabián Casas, llamado “Sin llaves y a oscuras”, que dice así:

Era uno de esos días en que todo sale bien.
Había limpiado la casa y escrito
dos o tres poemas que me gustaban.
No pedía más.
Entonces salí al pasillo para tirar la basura
y detrás de mí, por una correntada,
la puerta se cerró.
Quedé sin llaves y a oscuras
sintiendo las voces de mis vecinos
a través de sus puertas.
Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro
la basura en la mano.

Lejos estaba yo de la ciudad. Lejos del concepto de palier, de vecinos, de edificios. La basura era un problema de otros, ni siquiera tenía las llaves de casa encima. Pero la muerte, la muerte era un tema distinto. Quizá por eso me impresionó tanto ese poema nimio, desinteresado, ese poema que finge no ser nada o ser muy poco cuando en realidad es un disparo de noche, una frazadita de angustia, una infancia ejecutada.

Al día siguiente bajamos la montaña de culo y a los resbalones porque había llovido y la piedra estaba rebelde. Hicimos alguna que otra cosa, habremos comido, pero básicamente lo que hicimos fue irnos a casa.

Yo empecé a escribir un poco más y cada tanto me acordé del poema. Traté de buscarlo, pero nada. Nadie tenía la menor idea. Nadie había escuchado esas palabras. A medida que pasaba el tiempo el poema se iba borrando, como si el tiempo fuera una urraca que pasaba y se llevaba una palabra de acá, otra de allá y a mí me iba dejando los versos truncos. Google no me ayudó tampoco, porque parece que para pedirle que te busque algo necesitás saber lo que estás buscando, y no podés explicarle que lo que buscás es un poemita que habla de tal o cual cosa porque te aparece otra en su lugar, por aproximación, por parecido, porque Google no sabe que una publicidad de Asurín no es lo mismo que un poema sobre la muerte.

Pasaron once años. Un día, cursando el taller de literatura que Pedro Mairal daba en el Bar Orsai, el poema me encontró a mí. Lo trajo un compañero, despreocupado, contento. Tuve un latigazo de emoción. Otro que no era yo pero que vive en mi cerebro se tomó el ascensor, subió once años, abrió una puerta, por la puerta se metió un viento fuerte, frío, patagónico, caminó por la roca pelada y cruzó un puentecito de piedra, vio la Laguna Negra, oscurecida por la sombra de los picos más altos, vio la nieve en enero y al lado el refugio rojo y adentro los yanquis comiendo pan y hablando de las bondades de la guerra en Medio Oriente, los holandeses prendiéndose un porro a escondidas, el refugiero entusiasmado por un rato al hablar de estos textos mínimos que guardaba con amor en una estantería tosca, el poema de Fabián Casas que elegí para leer por azar pero también por vago, porque me pareció corto, la sensación enorme de estar tatuándome la nuca con palabras.

Hasta acá la emoción, el reencuentro, el poema que se revela con autor y todo porque el viento es caprichoso y así como me llevó lejos de esa montaña vino después hasta el Río de la Plata para traerme las palabras de nuevo, un premio por no haberlas olvidado del todo.

Lo que queda es mucho menos anecdótico. Hace una semana, en la presentación del último libro de Pedro, hablábamos con él cuando un hombretón pelado, de anteojos grandes y con la tranquilidad del que entiende lo que sucede a su alrededor, se nos acercó. Pedro hizo las presentaciones de rigor: Fabián, estos son alumnos míos, chicos, él es Fabián Casas. Acto seguido dio media vuelta y se fue.

No pude contenerme y le expliqué once años en veinte segundos. Como si se tratara de una matrioska metafísica, él me contó que lo mismo le pasó con una canción de un músico uruguayo. Aproveché para pedirle permiso y reproducir su poema en mi blog, contar esta anécdota. Hacé lo que quieras, me dijo.

Lo que yo quiero es escribir.

10 pensamientos en “Una historia real

  1. piel de gallina con esa frase final… me impacta siempre tu manera de definir las cosas o las personas: "con la tranquilidad del que entiende lo que sucede a su alrededor"abrazo

  2. El poema es muy lindo. Pensar que, para trasmitir lo mismo, Kafka tiene que inventar una parábola, desarmarla en un cuento, poner a un pobre tipo al lado de una puerta, a un patovica con piojos en la barba, casarlos de por vida, desintegrar al hombre en un sillita, esperando en silencio que el patova lo deje pasar… a Casas le alcanza con sacar la basura, algo que empiezo a hacer todas las noches, ahora que me mudé al depto.Y el cuento también me gusta, por el cuento mismo (por el placer que da leerlo), pero también porque traza esa parábola exacta entre el movimiento de los jóvenes (mandarse con un amigo a subir una montaña y bajarla de culo, pernoctar en un reality vikingo, leer un poema sin reconocer nada de la vida, de sacar la basura o tener llaves propias, pero todo de la muerte) y la construcción adulta del deseo, el hacerse de ese motor, ese algo que uno quiere.Abrazo!

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