Proverbio Chino

“Siéntate pacientemente junto al río,
y verás el cadáver de tu enemigo pasar.”

La cama de Gus daba a la ventana y la ventana a la calle. Por eso, cuando escuchó el ruido del agua, pensó que era el portero baldeando la vereda un piso más abajo. Eso significaba que en diez minutos iba a sonar el despertador, se iba a tener que duchar y salir a la oficina. Un preparativo simple, conocido, la ventaja de no pensar en nada. Se incorporó. Trató de mirar a través del vidrio pero la imagen le llegó diluida. El portero no estaba. El despertador no sonaba. Afuera la lluvia caía furiosa sobre un mediodía triste de domingo.

Decidió salir de la cama. Por algún motivo le dolía el pómulo derecho. Cruzó la habitación y fue hasta la heladera. El agua fría le asaltó la garganta y cayó como un invierno en el estómago vacío, como sumergirse en un lago de montaña, de esos a los que había ido con Valentín cuando mediaban los dieciocho, el dolor punzante en la cabeza, el corazón que se detiene por un segundo. Pero esta vez no había lago, ni Valentín. Lo que había era una resaca, el reloj del microondas marcando las doce y cuarto pasadas, la conciencia de saber que Valentín a esa hora se estaba subiendo a un avión con su mujer para irse a vivir a China.

Pensó en eso mientras estaba en el baño. Todavía no podía creerlo. Conocía a Valentín desde que andaban en pañales. Habían crecido casi a la par, aunque a los cambios más importantes Gus llegaba siempre seis meses más tarde. Solían bromear al respecto porque él de hecho había nacido seis meses después de Valentín. Desde entonces, de a dos por año, se habían ido encontrando la primer novia, el debut confuso (menos confuso para Gus que contaba con la ventaja de la experiencia ajena), la facultad, el primer porro, viajar solo, la mujer ideal. Y ahí se detenía la cuenta. Valentín llevaba ya varios años con Majo, se habían casado quince días atrás y terminado de estudiar un año antes, mientras que Gus arrastraba todas las mañanas la camisa hasta la oficina para traerla de nuevo a la tarde y dejarla en el sillón, donde solía quedar varias horas sin vaciarla de persona primero.

Pensó en ducharse, pero no tenía ningún buen motivo para hacerlo. Era demasiado tarde para desayunar, demasiado gusto a alcohol en la boca como para almorzar. Resolvió preparar unos mates. Encendió el televisor de pasada y escuchó desde la cocina el alerta meteorológico. Grandes precipitaciones. Riesgo de inundaciones en Buenos Aires. Y Valentín y Majo pretendiendo volar con ese tiempo, a quién se le ocurre.

Gus cargó el mate hasta la mitad. Lo sacudió. Dejó la yerba contra un lado y cebó del otro, dejando una parte seca. Mientras esperaba que se hinche recordó algo de la noche anterior. La despedida había sido todo lo que tenía que ser. Abrazos, consejos, amenazas de irlos a buscar si no volvían. A Majo se le explicó que ya era de la familia, y se le llenó el vaso una y otra vez. Se habló de Pekín, la ciudad prohibida, las posibilidades de conseguir hashish a buen precio o de terminar desnucándose en un fumadero de opio. Alguien comenzó a disertar sobre el nivel de contaminación del Yangtze, pero para ese entonces Gus llevaba encima la cuarta cerveza y no le prestó atención. Había empezado a rascar la mesa con la chapita de la botella, ensimismado, mientras los demás iban desperdiciando reunión en contar sus propias anécdotas. ¿No podían entender que era la última vez que lo veían, vaya uno a saber por cuánto tiempo? Y al rascar la mesa sentía que rayaba también un poco adentro suyo, que debajo del enchapado de alcohol empezaba a asomar la superficie de plomo de su propia angustia.

– ¿Es verdad que te sabés el número de documento de Valentín? – preguntó una amiga de Majo. Era un piba colorada, con cara de poca cosa.

– Treinta millones doscientos cincuenta y dos mil trescientos sesen… – respondió Gus, cansado ya de que la gente se asombre siempre de lo mismo y puteando a la colorada por dentro para alejar la mala suerte.

Pero si quería recordar qué había pasado inmediatamente después de eso, no podía. El siguiente recuerdo ya era mucho más entrada la noche y tenía que ver con una discusión. No quiso pensar en eso. La yerba ya estaba hinchada. Clavó la bombilla y cebó el primer mate. Estaba amargo como la furia de Dios.

Afuera la lluvia caía un poco más amable, pero todavía constante. Se dejó caer en el sillón y cebó de nuevo. Habían comenzado las publicidades y por lo tanto el volumen estaba más alto. Tanteó alrededor en busca del control remoto hasta que lo vio arriba del televisor. No iba a volver a levantarse. En la pantalla un grupo de gente bailaba, brindaba y festejaba con cervezas heladas. La sola imagen del chopp repleto casi lo hace vomitar. Contuvo la respiración y apuró otro mate para tapar ese gusto ácido que le subía por la garganta y que en nada se parecía al sabor del encuentro.

Cuando el volumen volvió a bajar algo le llamó la atención. Un sonido apagado, repitiéndose, una única nota que provenía de algún lugar dentro del departamento. Revolvió el sillón hasta que lo encontró. Era el teléfono dando señal de ocupado. Lo apagó.

¿Por qué había discutido la noche anterior? La cara furiosa de Valentín le volvía a la mente, pero no lograba ponerla en contexto. Tal vez era sólo el residuo de un mal sueño, casi seguro un mal sueño, si no fuera por la nitidez con la que le llegaba. Y sin embargo le resultaba irreal. Él no tenía motivos para discutir con Valentín. A lo sumo podía putearlo un poco por irse, por dejarlo así, tan en bolas. Pero nada más.

El noticiero volvió de la pausa. Al parecer el temporal era la noticia del día. En Belgrano algunas calles estaban anegadas. El arroyo Maldonado escupía agua por donde se lo mire y los vecinos de no escuchó cual barrio le echaban la culpa al nuevo centro comercial. Al parecer el servicio de trenes funcionaba de forma parcial y, contra todo pronóstico, los vuelos de Ezeiza despegaban sin problemas.

Pero había discutido. La realidad era que había discutido. Ahí estaba el dolor en el pómulo para recordárselo. Valentín no le había pegado, pero capaz Adrián o Daniel o cualquiera de los otros. Sí, posiblemente él se lo hubiera buscado. Al fin y al cabo no estaba para nada de acuerdo con la decisión de ir a vivir afuera. ¿Por qué no seguían viviendo acá y todos amigos? En China estarían solos, eso ya bastaba para condenar todo el asunto al fracaso, y eso sin contar el problema del idioma, la cultura, la necesidad fatal de comerse un asado que con toda seguridad les iba a dar al segundo domingo de estar ahí, si es que los chinos tienen algo como el domingo. Si él fuera un buen amigo le impediría viajar. Si fuera un buen amigo, no como esa manga de obsecuentes que le decían que sí a todo lo que Majo proponía. Pero qué podía hacer. No iba a secuestrarlo. Llamar a la aerolínea y cancelarle el pasaje era mucho más viable, como mínimo le conseguiría algo de tiempo, pero era tarde para eso. Si lo que decía el noticiero era cierto, ese avión ya estaba en el aire.

Gus se puso de pie y volvió a acercarse a la ventana. La lluvia recrudecía de nuevo y formaba una corriente turbia que bajaba por la pendiente de la calle.

De pronto un movimiento le llamó la atención en la vereda. Alguien subía en contra de la corriente, dando pasos largos y pesados. La figura parecía familiar, incluso a través del vidrio mojado que la deformaba, pero lo que más sorprendía a Gus era la decisión con la que trepaba la calle, como empujado por una fiebre.

En seis pasos más ganó el tramo que le faltaba y se metió en el edificio. La puerta de entrada coincidía con la línea de edificación, así que tenía que estar abierta porque la figura no se detuvo a tocar timbre ni sacó las llaves.

Gus cerró los ojos, esperando escuchar el motor del ascensor.

Nada.

Alguien estaba usando las escaleras.

En pánico, agarró el teléfono y apretó el botón de redial. Del otro lado una grabación le dio la bienvenida al servicio de atención telefónica de Aerolíneas Argentinas.

Tres golpes furiosos retumbaron en la puerta.

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