Jugar Solo

Primero estaban los azules, pero el televisor era blanco y negro así que yo los veía más bien grises. El televisor a color lo tenía mamá para la novela que coincidía exacto con el horario de mis dibujitos, falta de coordinación entre las cadenas televisivas que me condenaba a sentarme en la alfombra frente a catorce pulgadas y unas perillas que se trababan cuando necesitabas ajustarle el horizontal. Pero los tipos corrían por una aldea escapándose de un cura loco que se los quería comer y a mí me alcanzaba. Me quedaba puertas adentro a la vista de mamá y, dado que mis hermanos ya eran grandes, en el parque no jugaba nadie.

Después, cuando me dieron el color, ya había cambiado la cosa. Ratones, motoqueros y marcianos se tiraban con artillería pesada contra la mafia de Chicago. No exagero. Eran los Motorratones de Marte. Y con ellos llegaron los años indulgentes, una vigilancia más flexible. Después del programa salía a juntar pedazos de la poda de otoño y atarlos con hilo sisal hasta convertir dos ramas en una escopeta. Las usaba para correr de punta a punta de la selva que mamá dividía y ordenaba a fuerza de canteros y rosales, disparando contra enemigos invisibles, los otros sin identidad que sólo estaban ahí porque incluso mi mente inexperta adivinaba que sin conflicto no hay historia.

Entonces nos invadieron los japoneses. Héroes del fútbol oriental esquivando obstáculos en una carrera infinita por una cancha de horizonte curvo, como si ocupara medio continente. Corrían hasta el arco y lo saltaban, se elevaban sobre los postes y remataban al fondo de la red donde la pelota quedaba girando furiosa, primerísimo plano de la pelota, atrás la cara de estupor del arquero que quedaba a su vez, también, en el aire. Recuerdo incluso la ansiedad por que termine, salir yo mismo con la pelota pinchada a levantar barro en pases y paredes que nadie me devolvía a pesar de que el parque estaba plagado de jugadores profesionales, estrellas niponas capaces de atajar una pelota de tenis al ángulo.

Pero los canales rara vez obran por consecuencia, de modo que un día tuve que resignar la fantasía de Japón llegando a la final del mundo y aceptar que ahora los héroes llevaban armaduras y peleaban por la galaxia en una batalla épica entre signos zodiacales. Daba igual, siempre que después tuviera el parque, la posibilidad infinita de olvidarme de los guerreros –que ya no eran más guerreros sino mutantes pacifistas, organizados bajo el mando de un viejo mentalista en un silla de ruedas voladora- y convertirme yo también en mutante, zanjar con un buen rayo la cuestión de los derechos y las libertades individuales. Cosa que hubiera hecho si esas batallas no fueran infinitas, si no hubiese llegado entonces la justicia individual, vertical y tranquilizadora del tipo de negro, la justicia nocturna, a cualquier costo.

No recuerdo bien cuándo empecé a quedarme adentro otra vez. Habrá sido un invierno, tal vez por culpa de una buena película con actores de carne y hueso, el erotismo mezclado con la pólvora bajo la mirada impasible del tipo más duro de la ciudad. Pero mis hábitos sedentarios comenzaron a preocupar a mis padres y cuando me quise dar cuenta estaba anotado en la más saludable de las artes marciales.

Que no se diga que no vi el lado positivo del asunto, al fin y al cabo era una buena oportunidad para empezar a probar en serio todos esos golpes con los que llevaba años derrotando a soldados y demás criaturas malignas. El ejercicio empezó a parecer una buena idea, de modo que el parque, otra vez.

Fue en verano, lo recuerdo. Llevaba menos de diez minutos tratando de concentrarme en los movimientos. Eran una sucesión de golpes definidos, realizados con lenta prolijidad, siguiendo las pautas creadas por el gran maestro. Hacia delante, hacia atrás, un ligero soplido para descargar los pulmones en el exacto momento en que los músculos liberaban la energía final. Un alumno pequeño, una semilla de guerrero creciendo al sol, a pocos metros de mi hermana mayor y su amiga que tomaban mate en el patio.

De pronto supe que tenía su atención. Mis sentidos agudizados por la concentración oriental lo sabían. Respiré y traté de ignorarlo, pero era imposible. Un silencio del otro lado, de golpe un murmullo. Trató de que no la escuche, pero se ve que la brisa soplaba para mi lado. Las palabras llegaron claras:

– ¿No está grande tu hermano para jugar a los karatekas?

La vergüenza infinita, un reflector puesto de pronto sobre el más torpe de mis movimientos, paralizándolo como a una liebre en la ruta.

Mi hermana le explicó, estoy seguro. Pero le explicó mal. Le dijo que era en serio, que estaba estudiando y que recién empezaba. No le dijo que en realidad, por dentro, yo tenía la esperanza de que esos movimientos se sintieran como las explosiones de los Motorratones o los golpes certeros del héroe murciélago. No lo sabía mi hermana. Nadie más sabía con qué secreta dedicación había aprendido yo a jugar solo.

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