Ventana al Este

“…ejercían sobre
animales y cosas, no sé yo qué
alegre violencia…”
(Leopoldo Marechal)

La hora era siempre más larga entre las siete y las ocho, una especie de enormidad insertada en la rutina ya lenta de la casa. A esa hora todo parecía más grande y sombrío, sobre todo el silencio de los pasillos que se alargaban como flacas sombras interminables; a esa triste hora, papá y mamá nos creían dormidos y se iban a la ciudad a atender sus asuntos de grandes; a esa hora nos levantábamos.

Recorríamos las enormes habitaciones, tomándonos cada tanto de la mano si oíamos algún ruido o Micaela se asustaba con ese modo tan infantil que tenía de esconderse detrás de su flequillo. Nos llevaba quince minutos asegurarnos de que todo estaba en orden. El baño y la cocina vacíos, las puertas trabadas, especialmente la del sótano: vaya uno a saber qué clase de bestia vivía ahí abajo.

Y cuando nos sabíamos a salvo, trepábamos a la mesa de la piecita del fondo, junto a la ventana, junto al canil. Así esperábamos que desaparezca el último rayo de luz, con toda la paciencia que nos permitía una ventana al este, y cuando por fin todo se apagaba, Micaela comenzaba a hablar.

Yo la escuchaba. Aunque no recuerdo qué me decía exactamente, sé que me contaba historias de papá y mamá, de lo que él había hecho y lo que ella había dicho. A veces incluso los perros se ponían inquietos y comenzaban a aullar junto a la ventana. Y cuando Micaela lloraba, se oían los gruñidos de Facón que ya estaba viejo pero todavía tenía fuerza y la quería mucho, por ser chiquitita y tan bonita supongo yo.

Después nos deslizábamos de nuevo a las habitaciones, nos metíamos en la cama y yo podía oír cómo ella se sumía de nuevo en un silencio tranquilo.

Esa noche Micaela me lo prometió, aunque nunca me quedé para ver que cumpliera. Con la cabeza apoyada en el vidrio de la ventana, y los ojos doblemente azules por la luna que se entrometía, me dijo que a partir del día siguiente volvería a hablar. No sólo a mí, sino a todos. A las tías cuando vengan, a las maestras, y al cura los domingos que siempre le hacía preguntas tontas pero nunca causaban gracia. Supongo que Facón le oyó la promesa, porque cuando miré había dejado su rincón y se había sentado junto a la ventana con las orejas paradas y la cabeza en alto. Olfateaba el viento como si éste le trajera alguna noticia.

¿A papá y mamá también?, le pregunté. No me contestó. Miraba fijamente a Facón que ahora se había puesto de pie y gruñía y tenía el lomo erizado. Entonces vi los faros de  la camioneta que entraban a lo lejos, que llegaban casi hasta la casa y se apagaban mientras mamá empezaba a bajarse. La oscuridad se tragó todo. Me acordé de pronto de los juegos de Micaela, las tazas de chocolate de mamá, el cinturón de papá. Me acordé de cuando éramos chicos, más chicos. Entonces solíamos jugar a juegos que hoy huelen a viejo, que es el olor de la piecita. Y ahora que lo pienso, quizá la elección de aquellas paredes como terceras oyentes fue siempre una mera cuestión de olfato. O lo tal vez lo que había allí era un mirador perfecto, para mirar cómo se abría sola la puerta del canil, cómo saltaba Facón afuera con los colmillos encendidos, cómo estudiaba la escena Micaela que ya adivinaba entre la oscuridad lo que yo no veía ni quería ver, tan ensimismado estaba en descubrir el secreto de esos ojos con los que penetraba hasta a la misma noche.

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