Los Hombres

Es un pelaje ralo, casi inútil, el que se mueve. Apenas sirve para rastrillar el viento fresco de la noche, una de las primeras noches, tal vez un poco más cerrada. A lo lejos se escucha tronar, dos veces, un solo relámpago porque el otro se esconde detrás de la montaña y es un anuncio y un desafío. La rama apretada entre los dedos, el intercambio de miradas, la espalda apoyada en la pared de piedra porque ahora llueve y la piel es fría. Sobreviene algo así que es como el miedo o el agua.

Las hembras se repliegan poco a poco, casi como si lo sintieran venir. El resto mira el cielo. Espera. Hay uno que se acerca a una hembra. La rodea, la abraza, tal vez la golpea. Abandona su rama, todavía cubierta de hojas. Trata de copular. Los que están más cerca protestan, se abalanzan y durante un momento las siluetas se confunden en la noche. Pronto se escucha el crujir del cráneo rompiéndose contra la roca, alguien baja de un saliente y recoge la rama. La espera se reanuda. Los ojos permanecen fijos en la arboleda mientras la tormenta recrudece, y hay que encorvarse sobre la rama para protegerla.

Ahora la lluvia se agita. Se escucha un ir y venir de gruñidos, es una inquietud que avanza y se transmite. Los cuerpos se mueven, pero no abandonan las posiciones. Son decenas. Se observan a sí mismos, pero sobre todo observan la arboleda que baja hacia el valle. El cielo se violenta a intervalos cada vez más cortos.

Hasta que sucede. Una fina línea de luz se proyecta a lo lejos. Corta a la lluvia, pero no es lluvia. Pronto se empieza a distinguir una nube gris y roja que asciende en la noche, iluminada desde abajo, y allí entre los árboles parece que fuera de día. Decenas de gritos resuenan entre las caras del valle. El cielo responde y los cuerpos se precipitan en carrera hacia la arboleda, arrastrando sus ramas, penetrando la maleza, y rueda con ellos un rumor eufórico que nunca antes se había escuchado.

Guiados por la luz, los primeros llegan hasta el árbol en llamas. Todos al mismo tiempo procuran acercar su rama, saltan y aúllan, y sólo la lluvia evita que el valle arda entre la alegría y el espanto.

Algunos logran volver a la montaña con su rama encendida. Las mujeres observan desde lejos cómo las ramas son unidas y la presencia crece. El calor aumenta. Poco a poco pierden el recelo y se van acercando, traen a los hijos, perciben el olor del humo. Cuando el sol despunta, el cielo todavía está opaco y nadie ha dormido. Se distinguen focos aquí y allá, rodeados por cuerpos que palpitan y pestañean.

Durante un tiempo todas las preocupaciones se subordinan a una sola. Preguntas amorfas estiran sus primeros bracitos y cada tanto se vuelve a mirar al cielo, en pleno día. Alguien se acerca y agrega nuevas ramas, puñados de hojas. En ese intercambio los olores comienzan a trastocarse, a variar. Hay uno que percibe ciertos aromas. Se sienta junto al fuego y se empacha con el humo. Los demás recelan. Observan, tratan de oler. Él recoge una hoja con los bordes encendidos y la lleva al rostro. Ensaya. Tose. Finalmente deja que el aire se cuele por la nariz, raspe la garganta, queme el pecho. Las pupilas se dilatan y de pronto los dientes se abren para dejar pasar una nube que se deshace en jirones primero, que se disuelve en el aire después. El entusiasmo crece y los hombres se unen. Los hombres bailan. Luego vendrán otros días y otros barcos. Se quemarán los siglos. Mucho tiempo más tarde Rodrigo de Jerez será acusado por sus vecinos. La Inquisición le obsequiará siete años a oscuras, porque todo el mundo sabe que sólo el diablo puede darle a un hombre el poder de sacar humo por la boca.

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